Historia de la Orden
Santos Mercedarios
Desde los inicios de la Iglesia, hombres y mujeres inspirados por el Espíritu Santo fundaron familias religiosas reconocidas por la autoridad eclesial. Uno de ellos fue Pedro Nolasco, fundador de la Orden de la Merced, hoy presente en los cinco continentes.
Nacido hacia 1180 en Barcelona, en el seno de una familia acomodada, ejerció como comerciante en una época marcada por grandes travesías y también por el tráfico de esclavos y cautivos. Sensible ante esta realidad, desde joven orientó su vida a la liberación de cristianos cautivos, vendiendo sus bienes y pidiendo limosnas para su rescate. Ya en las primeras décadas del siglo XIII realizaba redenciones, incluso antes de la fundación oficial de la Orden.
Movido por inspiración divina, el 10 de agosto de 1218 instituyó en la catedral de Barcelona una comunidad religiosa dedicada a la redención de cautivos, obra que implicaba dimensiones religiosas, sociales y jurídicas. Con el apoyo de los fieles, la Orden creció rápidamente. El propio Nolasco participó en múltiples redenciones en Valencia, Baleares, Granada y Argel, liberando 3,920 cautivos.
La Orden fue aprobada en 1235 por el papa Gregorio IX. A su muerte en 1245 dejó 18 conventos y cerca de 100 frailes. Reconocido como fiel imitador de Cristo Redentor, fue canonizado en 1628.
Ramón Nonato nació en 1200 en Portell, cerca de Cervera (Lérida), en una familia noble vinculada a los vizcondes de Cardona. Según la tradición, fue extraído del vientre de su madre fallecida en el parto, por lo que recibió el sobrenombre de “Nonato”. En 1221 ingresó en la Orden de la Merced, fundada tres años antes, y entabló profunda amistad con Pedro Nolasco.
Gran predicador, recorrió Cataluña llamando a la conversión. Como redentor viajó a Valencia y al norte de África, liberando 140 cautivos en Argel (1226), 150 en 1229 y 228 en Bugía (1232). En varias ocasiones quedó como rehén para sostener la fe de los cautivos. En su última misión fue encarcelado y, para impedir que predicara, le perforaron los labios y le colocaron un candado, soportando ocho meses de torturas hasta ser rescatado.
El papa Gregorio IX lo creó cardenal en 1239. Murió en 1240 camino a Roma. Venerado por sus milagros, es protector de embarazadas y patrono de la vida y de las matronas.
Serapio Scott nació hacia 1179 en las Islas Británicas. De origen anglosajón, fue soldado del rey Ricardo Corazón de León y participó en la tercera y quinta Cruzada en Tierra Santa. En 1212 viajó a España con el archiduque Leopoldo de Austria para apoyar al rey Alfonso en la lucha contra los moros, participando en la batalla de las Navas de Tolosa.
Más tarde acompañó a Beatriz de Suecia para su matrimonio con Fernando de Castilla y se estableció en España, donde conoció la Orden de la Merced, ingresando en 1222. Nombrado redentor en 1225, realizó varias misiones para liberar cautivos cristianos.
En 1240 quedó como rehén, dispuesto a cumplir el cuarto voto mercedario: dar la vida si era necesario. Al no llegar el rescate, el rey de Argelia ordenó su cruel martirio para que renegara de su fe, pero permaneció firme hasta la muerte.
Su culto como mártir fue confirmado en 1728 y fue inscrito en el Martirologio Romano en 1743. La Orden lo venera como Patrono de los Enfermos y modelo de vida consagrada laical.
María de Cervellón nació en Barcelona en 1230, en el seno de una familia noble que la educó en la fe y la caridad. Desde joven visitaba hospitales y ayudaba a los pobres junto a su madre. A pesar de su belleza y de recibir propuestas de matrimonio, decidió consagrarse a Dios bajo la guía del mercedario Bernardo de Corbera, tomando el hábito de la Orden de la Merced en 1260.
Aunque vivía con su familia, llevaba vida de oración y servicio. Tras la muerte de su padre, convenció a su madre de mudarse a una casa humilde cercana al convento. En 1265, al morir su madre, entregó sus bienes para la redención de cautivos y, junto a otras mujeres, inició vida en común, profesando pobreza, obediencia y castidad, y el compromiso de trabajar por los cautivos.
Intensificó su penitencia y oraba especialmente por navegantes y redentores expuestos a peligros. La tradición le atribuye milagros en favor de marinos, por lo que fue llamada “María del Socorro”. Murió en 1290; su culto fue confirmado por Inocencio XII en 1692.
Pedro Armengol nació en 1238 en Guardia dels Prats, Tarragona, en el seno de la familia de los condes de Urgel. Huérfano de madre desde niño, en su juventud se apartó del buen camino y se dedicó al bandolerismo, llegando a liderar un grupo de forajidos. Fue capturado por su propio padre, jefe militar del reino de Aragón, hecho que lo llevó a una profunda conversión.
Indultado por el rey Jaime I de Aragón, pidió ingresar a la Orden de la Merced, donde fue admitido tras insistir varias veces. Ya como fraile, fue enviado como redentor a África y Andalucía para rescatar cristianos cautivos.
En 1266, en Bugía, logró liberar prisioneros quedándose como rehén hasta pagar el rescate. Al no llegar el dinero a tiempo, fue colgado de un árbol, pero, por intercesión de la Virgen María, permaneció milagrosamente con vida hasta ser rescatado. Desde entonces conservó el cuello torcido como señal de su martirio.
Vivió sus últimos años en Barcelona y murió santamente en 1304. Su culto fue confirmado por los papas Urbano VIII e Inocencio XI.
Pedro Pascual nació en Valencia hacia 1227, cuando la ciudad estaba bajo dominio musulmán, y murió en Granada en 1300. Tras iniciar su formación eclesiástica, perfeccionó estudios en París, doctorándose en la Sorbona. De regreso a España ingresó en la Orden de la Merced y se dedicó a la redención de cautivos, entablando amistad con el príncipe Sancho, hijo del rey Jaime I de Aragón.
El papa Bonifacio VIII lo nombró obispo de Jaén en 1296, siendo consagrado en Roma por el cardenal Mateo de Acquasparta. Durante una visita pastoral fue capturado y permaneció casi tres años preso en Granada. En cautiverio escribió obras como Glosa a los Diez Mandamientos, Glosa al Padre Nuestro, Biblia Pequeña y Vida de Cristo, defendiendo la fe católica y la Inmaculada Concepción, y alentando a los cristianos cautivos.
Tras grandes sufrimientos, fue decapitado el 6 de enero de 1300, aún revestido con ornamentos de Misa. Sepultado en Baeza, su culto fue confirmado en 1670 y canonizado en 1675.
Mariana de Jesús nació en Madrid el 17 de enero de 1565. Huérfana de madre a los nueve años, ayudó a cuidar a sus hermanos y sufrió incomprensiones tras el nuevo matrimonio de su padre. A los 23 años rechazó el matrimonio impuesto y se consagró a Dios, incluso cortándose el cabello para reafirmar su decisión.
Llevó vida de oración y retiro, acompañada espiritualmente por mercedarios, especialmente Juan Bautista del Santísimo Sacramento, fundador de los Mercedarios Descalzos, quien guió su camino de santidad. Debido a su frágil salud no pudo ser religiosa de clausura, pero vivió junto al convento mercedario como laica consagrada, dedicándose a la caridad con pobres y enfermos y a una profunda devoción a la Virgen y a la Eucaristía.
Fue admitida como terciaria de la Orden de la Merced en 1616, abrazando la espiritualidad redentora. Murió el 17 de abril de 1624. Su cuerpo, considerado incorrupto, fue examinado en varias ocasiones. Fue beatificada por el papa Pío VI en 1783.
Margarita María López de Maturana nació en Bilbao el 25 de julio de 1884 y fue bautizada como Pilar. Mantuvo profunda unión con su hermana gemela Leonor. Ingresó adolescente al colegio de las Mercedarias en Bérriz, donde sintió el llamado misionero. El 10 de agosto de 1903 entró en la congregación tomando el nombre de Margarita María; días antes su hermana había ingresado a las Carmelitas de la Caridad.
Vivió con fidelidad la clausura, pero impulsó la apertura misionera. Con aprobación del superior general y tras discernimiento comunitario, en 1926 partió con otras religiosas a China y luego a Japón, afrontando guerras, persecuciones y cárceles con valentía.
El 23 de mayo de 1930 la comunidad decidió transformarse en Instituto Misionero, cumpliendo su anhelo. Murió el 23 de julio de 1934. Fue declarada venerable por Juan Pablo II en 1987 y beatificada en 2006 en Bilbao.
El P. Mariano Alcalá Pérez, junto a once sacerdotes y siete hermanos cooperadores mercedarios, sufrió martirio durante la persecución religiosa en España (1936-1939). Fueron asesinados entre julio y noviembre de 1936 en diversas localidades: Andorra, Muniesa, Híjar y Estercuel (Teruel); Binéfar (Huesca); Lleida, Barcelona, Matamargó (Lleida) y Lorca (Murcia).
Conscientes del ambiente hostil, afrontaron la persecución con fe firme. En sus cartas manifestaban su disposición al martirio: el P. Josep Reñé escribió: “Si se nos pasa esta oportunidad, no tendremos otra…”, mientras que el beato Jaume Codina y el beato José Trallero expresaban su deseo de morir por Cristo. Este espíritu martirial fortaleció a las comunidades, donde no hubo deserciones. Murieron rezando y perdonando a sus verdugos.
El 19 de diciembre de 2011, el papa Benedicto XVI autorizó el decreto “super martyrio”. Fueron beatificados el 13 de octubre de 2013 en Tarragona, como testigos fieles que dieron su vida por Cristo.